Autora: María Elena Walsh
La sirenita y el capitán
Había una vez una sirena que vivía por el río Paraná. Tenía su ranchito de hojas en un camalote y allí pasaba los días peinando su largo pelo color de miel, y pasaba las noches cantando, porque su oficio era cantar.
En noches de luna llena por el río Paraná
una sirena cantando va.
Por aquí, por allá, el agua qué fría está.
Juncal y arena del Paraná,
una sirena cantando va.
Alahí se llamaba la sirena y, como era un poco maga, sabía gobernar su camalote y remontarlo contra la corriente. A veces iba hasta las Cataratas del Iguazú para darse una larga ducha fresquita llena de espuma.
Después tomaba sol en la orilla y conversaba con los muchos amigos que tenía por el cielo, el agua y la tierra. Ninguno le hacía daño. Hasta los que parecen más malos, como los caimanes y las víboras, se le acercaban mimosos.
A veces, toda una hilera de mariposas le sostenía el pelo y los pájaros se juntaban en coro para arrullarle la siesta.
Hace muchos años de esto. América todavía era india: no habían llegado los españoles con sus barbas y sus barcos. Las pocas personas que alguna vez habían entrevisto a Alahí, creían que era un sueño, y corrían a frotarse los ojos con ungüento para espantar la visión de esa hermosa criatura mitad muchacha y mitad pez.
Una noche de luna, Alahí se puso a cantar como de costumbre, y tanto se entretuvo y tan fuerte cantaba recostada en la orilla lejos de su camalote, que no oyó que por el agua se acercaba un enorme barco con las velas desplegadas. Los hombres del barco también venían cantando.
Soy marinero y aventurero, vengo de España y olé.
Quiero gloria, quiero dinero y con los dos volveré.
Para mí será el dinero, la gloria para mi rey.
–¡Callad! –dijo el capitán, que era flaco y barbudo como Don Quijote– Callad, que alguien está cantando mejor que vosotros.
¿Será quizás un pintado pajarillo cual la abubilla o el estornino, capitán? –le dijo un marinero tonto.
–Calla, que los pajarillos no cantan de noche. ¡Tirad las anclas!
–¿Vamos a tierra, capitán?
–No, iré yo solo.
El barco amarró suavemente muy cerca de Alahí, que al ver a los hombres extraños enmudeció y trató de deslizarse hasta su camalote para huir. El capitán saltó a la orilla y la sorprendió.
Alahí se quedó quietita, muerta de miedo, mientras cundía la alarma entre todos sus amigos.
–¿Quién vive? –preguntó el capitán don Gonzalo de Valdepeñas y Villatuerta del Calabacete, que así se llamaba.
La sirena no contestó y trató de escapar.
–¡Alto allí!
El capitán alzó su farola y...
–¡Una sirena, vive Dios! ¿Estaré soñando? ¡Qué cosas se ven en estas embrujadas y patrañosas tierras!
–Más raro es usted, señor –dijo Alahí–, todo vestido de lata y más peludo que un mono, señor.
–Eres tan bella que paso por alto tu insolencia. Serás mi esposa y reina de los ríos de España.
–No, señor, lo siento mucho pero no... Y Alahí trató de escurrirse entre las hojas.
–¡Detente!
El capitán la ató al tronco de un árbol. En las ramas los pajaritos temblaban por la suerte de su querida sirena.
–Haré un cofre y te encerraré para que no te escapes.
El capitán sacó su hacha y allí mismo se puso a hachar un árbol para construir la jaula para la pobre sirena.
–Ay, tengo frío –dijo Alahí.
El capitán, que era todo un caballero, quiso prestarle su coraza, pero no se la pudo quitar porque se había olvidado el abrelatas en el barco.
A todo esto, los amigos de Alahí se habían dado la voz de alarma y cuchicheaban entre las hojas, mientras el capitán talaba el árbol. Varios caimanes salieron del agua y se acercaron sigilosos. Muy cerca relampagueaban los ojos del tigre con toda su familia.
Cien monitos saltaron de árbol en árbol hasta llegar al de Alahí. Un regimiento de pájaros carpinteros avanzaba en fila india. Las mariposas estaban agazapadas entre el follaje. Las tortugas hicieron un puente desde la otra orilla para que los armadillos pudieran cruzar.
Cuando estuvieron todos listos, un papagayo dio la señal de ataque:
–¡Ahora!
Los monitos se descolgaron sobre el capitán, chillando y tirándole de las orejas.
Los caimanes le pegaron feroces coletazos. Las mariposas revolotearon sobre sus ojos para cegarlo. Dos culebras se le enredaron en los pies para hacerlo tropezar.
El tigre, la tigra y los tigrecitos le mostraron uñas y colmillos, porque no hacía falta más. Luego llegó el escuadrón blindado de los mosquitos y obligaron al capitán a escapar despavorido y trepar por una escala de cuerda hasta la borda de su barco.
–¡Alzad el ancla, levad amarras, izad las velas, huyamos de esta tierra de demonios!
Mientras el barco soltaba amarras, los pájaros carpinteros terminaron el trabajo picoteando las cuerdas hasta liberar a la pobre Alahí.
–¡Gracias, amigos, gracias por este regalo, el más hermoso para mí: la libertad!
Amanecía cuando la sirena volvió a su camalote, escoltada por cielo y tierra de todos sus amigos. Allá, muy lejos se iba el barco de los hombres extraños. Alahí tomó el rumbo contrario en su camalote y se alejó río arriba, hasta Paitití, el país de la leyenda, donde sigue viviendo libre y cantando siempre para quien sepa oírla.
Fuente: http://www.puroscuentos.com.ar/p/los-cuentos-de-maria-elena-walsh.html
domingo, 18 de mayo de 2014
En una cajita de fosforos
Autora: María Elena Walsh
“En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.
Un rayo de sol, por ejemplo,
(pero hay que encerrarlo muy rápido,
si no, se lo come la sombra)
Un poco de copo de nieve,
quizá una moneda de luna,
botones del traje del viento,
y mucho, muchísimo más.
Les voy a contar un secreto.
En una cajita de fósforos
yo tengo guardada un lágrima,
y nadie, por suerte la ve.
Es claro que ya no me sirve
Es cierto que está muy gastada.
Lo sé, pero qué voy a hacer
tirarla me da mucha lástima
(pero hay que encerrarlo muy rápido,
si no, se lo come la sombra)
Un poco de copo de nieve,
quizá una moneda de luna,
botones del traje del viento,
y mucho, muchísimo más.
Les voy a contar un secreto.
En una cajita de fósforos
yo tengo guardada un lágrima,
y nadie, por suerte la ve.
Es claro que ya no me sirve
Es cierto que está muy gastada.
Lo sé, pero qué voy a hacer
tirarla me da mucha lástima
Tal vez las personas mayores
no entiendan jamás de tesoros
Basura, dirán, cachivaches
no se por qué juntan todo esto
No importa, que ustedes y yo
igual seguiremos guardando
palitos, pelusas, botones,
tachuelas, virutas de lápiz,
carozos, tapitas, papeles,
piolín, carreteles, trapitos,
hilachas, cascotes y bichos.
no entiendan jamás de tesoros
Basura, dirán, cachivaches
no se por qué juntan todo esto
No importa, que ustedes y yo
igual seguiremos guardando
palitos, pelusas, botones,
tachuelas, virutas de lápiz,
carozos, tapitas, papeles,
piolín, carreteles, trapitos,
hilachas, cascotes y bichos.
En una cajita de fósforos
se pueden guardar muchas cosas.
“Las cosas no tienen mamá.”
sábado, 17 de mayo de 2014
Historia de una Princesa, su Papá y el Príncipe Kinoto Fukasuka
Autora: María Elena Walsh
Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe Kinoto Fukasuka
Esta es la historia de una princesa, su papá, una mariposa y el Príncipe Kinoto Fukasuka.
Sukimuki era una princesa japonesa. Vivía en la ciudad de Siu Kiu, hace como dos mil años, tres meses y media hora.
En esa época, las princesas todo lo que tenían que hacer era quedarse quietitas. Nada de ayudarle a la mamá a secar los platos. Nada de hacer mandados. Nada de bailar con abanico. Nada de tomar naranjada con pajita. Ni siquiera ir a la escuela. Ni siquiera sonarse la nariz. Ni siquiera pelar una ciruela. Ni siquiera cazar una lombriz. Nada, nada, nada. Todo lo hacían los sirvientes del palacio: vestirla, peinarla, estornudar por... –atchís–, por ella, abanicarla, pelarle las ciruelas. ¡Cómo se aburría la pobre Sukimuki!
Una tarde estaba, como siempre, sentada en el jardín papando moscas, cuando apareció una enorme Mariposa de todos colores. Y la Mariposa revoloteaba, y la pobre Sukimuki la miraba de reojo porque no le estaba permitido mover la cabeza.
–¡Qué linda mariposapa! –murmuró al fin Sukimuki, en correcto japonés.
Y la Mariposa contestó, también en correctísimo japonés:
–¡Qué linda Princesa! ¡Cómo me gustaría jugar a la mancha con usted, Princesa!
–Nopo puepedopo –le contestó la Princesa en japonés.
–¡Cómo me gustaría a jugar a escondidas, entonces!
–Nopo puepedopo –volvió a responder la Princesa haciendo pucheros.
–¡Cómo me gustaría bailar con usted, Princesa! –insistió la Mariposa.
–Eso tampococo puepedopo –contestó la pobre Princesa.
Y la Mariposa, ya un poco impaciente, le preguntó:
–¿Por qué usted no puede hacer nada?
–Porque mi papá, el Emperador, dice que si una Princesa no se queda quieta, quieta, quieta como una galleta, en el imperio habrá una pataleta.
–¿Y eso por qué? –preguntó la Mariposa.
–Porque sípi –contestó la Princesa–, porque las Princesas del Japonpón debemos estar quietitas sin hacer nada. Si no, no seríamos Princesas. Seríamos mucamas, colegialas, bailarinas o dentistas, ¿entiendes?
–Entiendo –dijo la Mariposa–, pero escápese un ratito y juguemos. He venido volando de muy lejos nada más que para jugar con usted. En mi isla, todo el mundo me hablaba de su belleza.
A la Princesa le gustó la idea y decidió, por una vez, desobedecer a su papá.
Salió a correr y bailar por el jardín con la Mariposa. En eso se asomó el Emperador al balcón y al no ver a su hija armó un escándalo de mil demonios.
–¡Dónde está la Princesa! –chilló.
Y llegaron todos sus sirvientes, sus soldados, sus vigilantes, sus cocineros, sus lustrabotas y sus tías para ver qué le pasaba.
–¡Vayan todos a buscar a la Princesa! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y allá salieron todos corriendo y el Emperador se quedó solo en el salón.
–¡Dónde estará la Princesa! –repitió.
Y oyó una voz que respondía a sus espaldas:
–La Princesa está de jarana donde se le da la gana.
El Emperador se dio vuelta furioso y no vio a nadie. Miró un poquito mejor, y no vio a nadie. Se puso tres pares de anteojos y, entonces sí, vio a alguien. Vio a una mariposota sentada en su propio trono.
–¿Quién eres? –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y agarró un matamoscas, dispuesto a aplastar a la insolente Mariposa.
Pero no pudo.
¿Por qué?
Porque la Mariposa tuvo la ocurrencia de transformarse inmediatamente en un Príncipe. Un Príncipe buen mozo, simpático, inteligente, gordito, estudioso, valiente y con bigotito.
El Emperador casi se desmaya de rabia y de susto.
–¿Qué quieres? –le preguntó al Príncipe con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Casarme con la Princesa –dijo el Príncipe valientemente.
–¿Pero de dónde diablos has salido con esas pretensiones?
–Me metí en tu jardín en forma de mariposa –dijo el Príncipe– y la Princesa jugó y bailó conmigo. Fue feliz por primera vez en su vida y ahora nos queremos casar.
–¡No lo permitiré! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Si no lo permites, te declaro la guerra –dijo el Príncipe sacando la espada.
–¡Servidores, vigilantes, tías! –llamó el Emperador.
Y todos entraron corriendo, pero al ver al Príncipe empuñando la espada se pegaron un susto terrible.
A todo esto, la Princesa Sukimuki espiaba por la ventana.
–¡Echen a este Príncipe insolente de mi palacio! –ordenó el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Pero el Príncipe no se iba a dejar echar así nomás.
Peleó valientemente contra todos. Y los vigilantes se escaparon por una ventana. Y las tías se escondieron aterradas debajo de la alfombra. Y los cocineros se treparon a la lámpara.
Cuando el Príncipe los hubo vencido a todos, preguntó al Emperador:
–¿Me deja casar con su hija, sí o no?
–Está bien –dijo el Emperador con voz de laucha y ojos de lauchita–. Cásate, siempre que la Princesa no se oponga.
El Príncipe fue hasta la ventana y le preguntó a la Princesa:
–¿Quieres casarte conmigo, Princesa Sukimuki?
–Sípi –contestó la Princesa entusiasmada.
Y así fue como la Princesa dejó de estar quietita y se casó con el Príncipe Kinoto Fukasuka. Los dos llegaron al templo en monopatín y luego dieron una fiesta en el jardín. Una fiesta que duró diez días y un enorme chupetín. Así acaba, como ves, este cuento japonés.
Fuente: http://www.puroscuentos.com.ar/p/los-cuentos-de-maria-elena-walsh.html
Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe Kinoto Fukasuka
Esta es la historia de una princesa, su papá, una mariposa y el Príncipe Kinoto Fukasuka.
Sukimuki era una princesa japonesa. Vivía en la ciudad de Siu Kiu, hace como dos mil años, tres meses y media hora.
En esa época, las princesas todo lo que tenían que hacer era quedarse quietitas. Nada de ayudarle a la mamá a secar los platos. Nada de hacer mandados. Nada de bailar con abanico. Nada de tomar naranjada con pajita. Ni siquiera ir a la escuela. Ni siquiera sonarse la nariz. Ni siquiera pelar una ciruela. Ni siquiera cazar una lombriz. Nada, nada, nada. Todo lo hacían los sirvientes del palacio: vestirla, peinarla, estornudar por... –atchís–, por ella, abanicarla, pelarle las ciruelas. ¡Cómo se aburría la pobre Sukimuki!
Una tarde estaba, como siempre, sentada en el jardín papando moscas, cuando apareció una enorme Mariposa de todos colores. Y la Mariposa revoloteaba, y la pobre Sukimuki la miraba de reojo porque no le estaba permitido mover la cabeza.
–¡Qué linda mariposapa! –murmuró al fin Sukimuki, en correcto japonés.
Y la Mariposa contestó, también en correctísimo japonés:
–¡Qué linda Princesa! ¡Cómo me gustaría jugar a la mancha con usted, Princesa!
–Nopo puepedopo –le contestó la Princesa en japonés.
–¡Cómo me gustaría a jugar a escondidas, entonces!
–Nopo puepedopo –volvió a responder la Princesa haciendo pucheros.
–¡Cómo me gustaría bailar con usted, Princesa! –insistió la Mariposa.
–Eso tampococo puepedopo –contestó la pobre Princesa.
Y la Mariposa, ya un poco impaciente, le preguntó:
–¿Por qué usted no puede hacer nada?
–Porque mi papá, el Emperador, dice que si una Princesa no se queda quieta, quieta, quieta como una galleta, en el imperio habrá una pataleta.
–¿Y eso por qué? –preguntó la Mariposa.
–Porque sípi –contestó la Princesa–, porque las Princesas del Japonpón debemos estar quietitas sin hacer nada. Si no, no seríamos Princesas. Seríamos mucamas, colegialas, bailarinas o dentistas, ¿entiendes?
–Entiendo –dijo la Mariposa–, pero escápese un ratito y juguemos. He venido volando de muy lejos nada más que para jugar con usted. En mi isla, todo el mundo me hablaba de su belleza.
A la Princesa le gustó la idea y decidió, por una vez, desobedecer a su papá.
Salió a correr y bailar por el jardín con la Mariposa. En eso se asomó el Emperador al balcón y al no ver a su hija armó un escándalo de mil demonios.
–¡Dónde está la Princesa! –chilló.
Y llegaron todos sus sirvientes, sus soldados, sus vigilantes, sus cocineros, sus lustrabotas y sus tías para ver qué le pasaba.
–¡Vayan todos a buscar a la Princesa! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y allá salieron todos corriendo y el Emperador se quedó solo en el salón.
–¡Dónde estará la Princesa! –repitió.
Y oyó una voz que respondía a sus espaldas:
–La Princesa está de jarana donde se le da la gana.
El Emperador se dio vuelta furioso y no vio a nadie. Miró un poquito mejor, y no vio a nadie. Se puso tres pares de anteojos y, entonces sí, vio a alguien. Vio a una mariposota sentada en su propio trono.
–¿Quién eres? –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y agarró un matamoscas, dispuesto a aplastar a la insolente Mariposa.
Pero no pudo.
¿Por qué?
Porque la Mariposa tuvo la ocurrencia de transformarse inmediatamente en un Príncipe. Un Príncipe buen mozo, simpático, inteligente, gordito, estudioso, valiente y con bigotito.
El Emperador casi se desmaya de rabia y de susto.
–¿Qué quieres? –le preguntó al Príncipe con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Casarme con la Princesa –dijo el Príncipe valientemente.
–¿Pero de dónde diablos has salido con esas pretensiones?
–Me metí en tu jardín en forma de mariposa –dijo el Príncipe– y la Princesa jugó y bailó conmigo. Fue feliz por primera vez en su vida y ahora nos queremos casar.
–¡No lo permitiré! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Si no lo permites, te declaro la guerra –dijo el Príncipe sacando la espada.
–¡Servidores, vigilantes, tías! –llamó el Emperador.
Y todos entraron corriendo, pero al ver al Príncipe empuñando la espada se pegaron un susto terrible.
A todo esto, la Princesa Sukimuki espiaba por la ventana.
–¡Echen a este Príncipe insolente de mi palacio! –ordenó el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Pero el Príncipe no se iba a dejar echar así nomás.
Peleó valientemente contra todos. Y los vigilantes se escaparon por una ventana. Y las tías se escondieron aterradas debajo de la alfombra. Y los cocineros se treparon a la lámpara.
Cuando el Príncipe los hubo vencido a todos, preguntó al Emperador:
–¿Me deja casar con su hija, sí o no?
–Está bien –dijo el Emperador con voz de laucha y ojos de lauchita–. Cásate, siempre que la Princesa no se oponga.
El Príncipe fue hasta la ventana y le preguntó a la Princesa:
–¿Quieres casarte conmigo, Princesa Sukimuki?
–Sípi –contestó la Princesa entusiasmada.
Y así fue como la Princesa dejó de estar quietita y se casó con el Príncipe Kinoto Fukasuka. Los dos llegaron al templo en monopatín y luego dieron una fiesta en el jardín. Una fiesta que duró diez días y un enorme chupetín. Así acaba, como ves, este cuento japonés.
Fuente: http://www.puroscuentos.com.ar/p/los-cuentos-de-maria-elena-walsh.html
El reglamento es el reglamento
Autora: Adela Basch
Personaje
Señora
Cajera
Supervisor
Gerente
La escena transcurre en un supermercado. La señora está en la caja, pagándole a la cajera.
Cajera: Su vuelto, señora.
Señora: Gracias. Buenos tardes.
Cajera: Un momento. Todavía no se puede ir. ¿No vio ese cartel? (Lo señala y lo lee.) "Señores clientes es obligación mostrar la cartera a las amables y gentiles cajeras".
Señora: Discúlpeme, pero yo no se la puedo mostrar.
Cajera: ¿Qué dice? Imposible. Me la tiene que mostrar antes de salir.
Señora: Por favor, no insista, señora cajera. No le puedo mostrar la cartera.
Cajera: Mire, lo lamento, pero es el reglamento. ¿Me está escuchando lo que le digo?
Cajera: Pero, ¿qué es esto? ¿Cómo que "no-le-pue-do-mos-trarla-car-te-ra"? (Imita la forma en que lo dijo la señora.)
Señora: (Grita) ¡No me haga burla!
Cajera: ¡Y usted, mejor no me aturda!
Señora: ¡Y usted, no diga cosas absurdas!
Cajera: Creo que usted exagera. Solamente le pedí que mostrara la cartera.
Señora: Por favor, no me haga perder el tiempo. Estoy apurada. Tengo invitados para la cena.
Cajera: ¿Ah, sí? ¡Qué pena! Si está apurada, no sé qué espera. ¡Muéstreme la cartera!
Señora: ¡Déjese de pavadas! ¡No se la muestro nada!
Cajera: ¡No me hable de ese modo! ¡Y mejor me muestra todo!
Señora: ¿Pero qué tiene usted en la sesera? No se la puedo mostrar y no es porque no quiera. Lo que pasa, mi querida, es que no tengo cartera.
Señora: (Toma una planta de lechuga.) Como que esto es verdura.
Cajera: ¡Pero qué locura! No puede ser. No sé qué hacer. No sé qué pensar. No sé cómo actuar. A ver, empecemos otra vez. Yo le pido a usted que me muestre la cartera y...
Señora: Y yo le digo que no se la puedo mostrar aunque quiera, simplemente porque no tengo cartera.
Cajera: ¿Y ahora qué hago?
Señora: Haga lo que quiera.
Cajera: Muy bien, quiero ver su cartera.
Señora: ¡Pero no tengo!
Cajera: No comprendo... No entiendo... Soy la cajera y estoy obligada a revisar las carteras. Usted no tiene cartera, así que no puedo cumplir con mi obligación. ¡Qué situación! ¡Qué complicación! Esta situación imprevista me saca de las casillas. ¡Necesito mis pastillas!
Señora: ¿Quiere una de menta?
Cajera: No, no me gusta la menta.
Señora: Lo lamento.
Cajera: ¿Qué lamenta?
Señora: Que no le guste la menta.
Escena dos
Entra el supervisor.
Supervisor: ¿Qué sucede? ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?
Señora: Me quiero ir a mi casa. Compré, pagué y me quiero ir. Pero la cajera insiste en que muestre la cartera. Y yo...
Supervisor: Es correcto. Si no la muestra, no se puede ir. (Saca del bolsillo un papel enrollado y lo desenrolla.) Así dice el reglamento de este establecimiento.
Cajera: ¿Vio, señora, que no miento?
Señora: Sí, pero no tengo nada que mostrar.
Supervisor: ¿Por qué? ¿Tiene algo que ocultar? ¿Lleva algo sin pagar?
Señora: No, señor supervisor, usted está en un error. ¡No soy una delincuente! ¡Soy una mujer decente!
Supervisor: Entonces, ¿qué espera? ¡Muéstrenos la cartera!
Señora: Señor, si no se la muestro, no es por mala voluntad.
Supervisor: ¿Y por qué es?
Señora: ¡Terminemos con esta sonsera, trate de entender que yo no tengo cartera!
Supervisor: Entiendo. Es una situación complicada, pero no puedo hacer nada. (Mira el papel.) Tenemos que cumplir con el reglamento. Y el reglamento dice...
Cajera: Que es obligación de los clientes mostrar la cartera...
Señora: ¡A las amables y gentiles cajeras! ¡Pero yo no traje cartera!
Escena dos
Entra el supervisor.
Supervisor: ¿Qué sucede? ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?
Señora: Me quiero ir a mi casa. Compré, pagué y me quiero ir. Pero la cajera insiste en que muestre la cartera. Y yo...
Supervisor: Es correcto. Si no la muestra, no se puede ir. (Saca del bolsillo un papel enrollado y lo desenrolla.) Así dice el reglamento de este establecimiento.
Cajera: ¿Vio, señora, que no miento?
Señora: Sí, pero no tengo nada que mostrar.
Supervisor: ¿Por qué? ¿Tiene algo que ocultar? ¿Lleva algo sin pagar?
Señora: No, señor supervisor, usted está en un error. ¡No soy una delincuente! ¡Soy una mujer decente!
Supervisor: Entonces, ¿qué espera? ¡Muéstrenos la cartera!
Señora: Señor, si no se la muestro, no es por mala voluntad.
Supervisor: ¿Y por qué es?
Señora: ¡Terminemos con esta sonsera, trate de entender que yo no tengo cartera!
Supervisor: Entiendo. Es una situación complicada, pero no puedo hacer nada. (Mira el papel.) Tenemos que cumplir con el reglamento. Y el reglamento dice...
Cajera: Que es obligación de los clientes mostrar la cartera...
Señora: ¡A las amables y gentiles cajeras! ¡Pero yo no traje cartera!
Escena tres
Entra el gerente.
Gerente: ¿Qué sucede?
Supervisor: Tenemos un problema.
Cajera: Una situación imprevista. La señora quiere irse sin mostrar la cartera.
Gerente: Eso es imposible.
Cajera: Es incomprensible.
Supervisor: Es increíble.
Gerente: Además, es contrario al reglamento.
Cajera: Y el reglamento...
Supervisor: ...es el reglamento.
Gerente: Señora, usted tiene la obligación de mostrar la cartera.
Señora: Lo siento, no traje cartera.
Gerente: Si no la trajo, es porque no quería mostrarla. Y si no quería mostrarla, seguramente quería ocultar algo.
Señora: Pero señor...
Gerente: Déjeme terminar. Si quería ocultar algo, tal vez se lleve algo sin pagar.
Señora: Pero señor... si no la traje, ¿cómo voy a ocultar algo?
Gerente: Ya le dije. ¡No la trajo porque no la quería mostrar! ¡Y el reglamento dice que tiene que mostrar la cartera!
Señora: ¿Pero qué cartera?
Gerente: ¿Qué sé yo? ¡Cualquiera!
Señora: ¿Cualquiera, cualquiera, cualquiera?
Gerente: Sí, cualquiera. ¡Pero muestre la cartera!
Señora: Muy bien. Gentil y amable cajera, ¿tendría la bondad de prestarme su cartera? Por un minutito, nada más.
Cajera: Está bien. Tome. (Le da su cartera.)
Señora: ¿Quiere revisarla, por favor?
Cajera: ¡Como no! (La abre y la mira por todos lados.) Está bien.
Señora: Entonces, me voy. Le devuelvo su cartera.
Cajera: Gracias por su compra. Vuelva pronto. Da gusto atender a clientes como usted.
Señora: (Tratando de disimular su fastidio.) Sí, sí, cómo no.
Supervisor: Ah, nos podemos quedar tranquilos.
Gerente: Tranquilos y contentos. ¡Hemos cumplido con el reglamento!
Personaje
Señora
Cajera
Supervisor
Gerente
Escena uno
Cajera: Su vuelto, señora.
Señora: Gracias. Buenos tardes.
Cajera: Un momento. Todavía no se puede ir. ¿No vio ese cartel? (Lo señala y lo lee.) "Señores clientes es obligación mostrar la cartera a las amables y gentiles cajeras".
Señora: Discúlpeme, pero yo no se la puedo mostrar.
Cajera: ¿Qué dice? Imposible. Me la tiene que mostrar antes de salir.
Señora: Por favor, no insista, señora cajera. No le puedo mostrar la cartera.
Cajera: Mire, lo lamento, pero es el reglamento. ¿Me está escuchando lo que le digo?
Señora: Sí, la escucho. Pero lo siento mucho. No-le-pue-domos-trar-la-car-te-ra" (Pronuncia las últimas palabras con mucha fuerza.)
Cajera: Pero, ¿qué es esto? ¿Cómo que "no-le-pue-do-mos-trarla-car-te-ra"? (Imita la forma en que lo dijo la señora.)
Señora: (Grita) ¡No me haga burla!
Cajera: ¡Y usted, mejor no me aturda!
Señora: ¡Y usted, no diga cosas absurdas!
Cajera: Creo que usted exagera. Solamente le pedí que mostrara la cartera.
Señora: Por favor, no me haga perder el tiempo. Estoy apurada. Tengo invitados para la cena.
Cajera: ¿Ah, sí? ¡Qué pena! Si está apurada, no sé qué espera. ¡Muéstreme la cartera!
Señora: ¡Déjese de pavadas! ¡No se la muestro nada!
Cajera: ¡No me hable de ese modo! ¡Y mejor me muestra todo!
Señora: ¿Pero qué tiene usted en la sesera? No se la puedo mostrar y no es porque no quiera. Lo que pasa, mi querida, es que no tengo cartera.
Cajera: ¿Cómo? ¿Está segura?
Señora: (Toma una planta de lechuga.) Como que esto es verdura.
Cajera: ¡Pero qué locura! No puede ser. No sé qué hacer. No sé qué pensar. No sé cómo actuar. A ver, empecemos otra vez. Yo le pido a usted que me muestre la cartera y...
Señora: Y yo le digo que no se la puedo mostrar aunque quiera, simplemente porque no tengo cartera.
Cajera: ¿Y ahora qué hago?
Señora: Haga lo que quiera.
Cajera: Muy bien, quiero ver su cartera.
Señora: ¡Pero no tengo!
Cajera: No comprendo... No entiendo... Soy la cajera y estoy obligada a revisar las carteras. Usted no tiene cartera, así que no puedo cumplir con mi obligación. ¡Qué situación! ¡Qué complicación! Esta situación imprevista me saca de las casillas. ¡Necesito mis pastillas!
Señora: ¿Quiere una de menta?
Cajera: No, no me gusta la menta.
Señora: Lo lamento.
Cajera: ¿Qué lamenta?
Señora: Que no le guste la menta.
Cajera: (Toma un teléfono) ¡Por favor, por favor, que venga el supervisor!
Escena dos
Entra el supervisor.
Supervisor: ¿Qué sucede? ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?
Señora: Me quiero ir a mi casa. Compré, pagué y me quiero ir. Pero la cajera insiste en que muestre la cartera. Y yo...
Supervisor: Es correcto. Si no la muestra, no se puede ir. (Saca del bolsillo un papel enrollado y lo desenrolla.) Así dice el reglamento de este establecimiento.
Cajera: ¿Vio, señora, que no miento?
Señora: Sí, pero no tengo nada que mostrar.
Supervisor: ¿Por qué? ¿Tiene algo que ocultar? ¿Lleva algo sin pagar?
Señora: No, señor supervisor, usted está en un error. ¡No soy una delincuente! ¡Soy una mujer decente!
Supervisor: Entonces, ¿qué espera? ¡Muéstrenos la cartera!
Señora: Señor, si no se la muestro, no es por mala voluntad.
Supervisor: ¿Y por qué es?
Señora: ¡Terminemos con esta sonsera, trate de entender que yo no tengo cartera!
Supervisor: Entiendo. Es una situación complicada, pero no puedo hacer nada. (Mira el papel.) Tenemos que cumplir con el reglamento. Y el reglamento dice...
Cajera: Que es obligación de los clientes mostrar la cartera...
Señora: ¡A las amables y gentiles cajeras! ¡Pero yo no traje cartera!
Supervisor: Señora, lo hubiera pensado antes. No se puede salir a hacer compras de cualquier manera. El reglamento es el reglamento. Y hay que cumplirlo. Si no, ¿dónde vamos a ir a parar?
Escena dos
Entra el supervisor.
Supervisor: ¿Qué sucede? ¿Qué ocurre? ¿Qué pasa?
Señora: Me quiero ir a mi casa. Compré, pagué y me quiero ir. Pero la cajera insiste en que muestre la cartera. Y yo...
Supervisor: Es correcto. Si no la muestra, no se puede ir. (Saca del bolsillo un papel enrollado y lo desenrolla.) Así dice el reglamento de este establecimiento.
Cajera: ¿Vio, señora, que no miento?
Señora: Sí, pero no tengo nada que mostrar.
Supervisor: ¿Por qué? ¿Tiene algo que ocultar? ¿Lleva algo sin pagar?
Señora: No, señor supervisor, usted está en un error. ¡No soy una delincuente! ¡Soy una mujer decente!
Supervisor: Entonces, ¿qué espera? ¡Muéstrenos la cartera!
Señora: Señor, si no se la muestro, no es por mala voluntad.
Supervisor: ¿Y por qué es?
Señora: ¡Terminemos con esta sonsera, trate de entender que yo no tengo cartera!
Supervisor: Entiendo. Es una situación complicada, pero no puedo hacer nada. (Mira el papel.) Tenemos que cumplir con el reglamento. Y el reglamento dice...
Cajera: Que es obligación de los clientes mostrar la cartera...
Señora: ¡A las amables y gentiles cajeras! ¡Pero yo no traje cartera!
Supervisor: Señora, lo hubiera pensado antes. No se puede salir a hacer compras de cualquier manera. El reglamento es el reglamento. Y hay que cumplirlo. Si no, ¿dónde vamos a ir a parar?
Escena tres
Entra el gerente.
Gerente: ¿Qué sucede?
Supervisor: Tenemos un problema.
Cajera: Una situación imprevista. La señora quiere irse sin mostrar la cartera.
Gerente: Eso es imposible.
Cajera: Es incomprensible.
Supervisor: Es increíble.
Gerente: Además, es contrario al reglamento.
Cajera: Y el reglamento...
Supervisor: ...es el reglamento.
Gerente: Señora, usted tiene la obligación de mostrar la cartera.
Señora: Lo siento, no traje cartera.
Gerente: Si no la trajo, es porque no quería mostrarla. Y si no quería mostrarla, seguramente quería ocultar algo.
Señora: Pero señor...
Gerente: Déjeme terminar. Si quería ocultar algo, tal vez se lleve algo sin pagar.
Señora: Pero señor... si no la traje, ¿cómo voy a ocultar algo?
Gerente: Ya le dije. ¡No la trajo porque no la quería mostrar! ¡Y el reglamento dice que tiene que mostrar la cartera!
Señora: ¿Pero qué cartera?
Gerente: ¿Qué sé yo? ¡Cualquiera!
Señora: ¿Cualquiera, cualquiera, cualquiera?
Gerente: Sí, cualquiera. ¡Pero muestre la cartera!
Señora: Muy bien. Gentil y amable cajera, ¿tendría la bondad de prestarme su cartera? Por un minutito, nada más.
Cajera: Está bien. Tome. (Le da su cartera.)
Señora: ¿Quiere revisarla, por favor?
Cajera: ¡Como no! (La abre y la mira por todos lados.) Está bien.
Señora: Entonces, me voy. Le devuelvo su cartera.
Cajera: Gracias por su compra. Vuelva pronto. Da gusto atender a clientes como usted.
Señora: (Tratando de disimular su fastidio.) Sí, sí, cómo no.
Supervisor: Ah, nos podemos quedar tranquilos.
Gerente: Tranquilos y contentos. ¡Hemos cumplido con el reglamento!
Telón
Fuente: http://leerporquesi-1007.blogspot.com.ar/2013/03/basch-adela-el-reglamento-es-el.html
De Azucena la cena
Autora: Adela Basch
De Azucena la cena
Personajes:
Azucena
Mozo
( LA ESCENA TIENE LUGAR EN UN RESTORÁN ELEGANTE. ENTRA AZUCENA, MUJER MUY BIEN VESTIDA Y SE SIENTA A UNA MESA. EN CUANTO SE ACERCA EL MOZO, SE LEVANTA UN INSTANTE, LO TOMA DEL BRAZO Y LO CONDUCE HACIA SU MESA.)
AZUCENA (HABLA RÁPIDO.) Buenas noches, señor. Por favor, ¿me podría atender enseguida? Estoy apurada.
MOZO ¿Qué dice, si la podría tender? ¿Dónde quiere que la tienda?
AZUCENA Disculpe, dije si me podría atender.
MOZO Sí, ya escuché, me preguntó si la podría tender. Esto es un restorán, no es un lugar para que la gente se tienda. Si se quiere tender vaya a tenderse a un sillón, a un sofá o a una plaza.
AZUCENA ¿A una plaza? ¿Para qué?
MOZO Para tenderse en un banco, si quiere. AZUCENA Yo a los bancos voy a pagar las cuentas, no a atenderme. Para atenderme voy a...
MOZO (LA INTERRUMPE) Claro, para tenderse viene al restorán. Pero aquí la gente no viene a tenderse, viene a comer. Si quiere tenderse vaya a otro lado.
AZUCENA Señor, usted no me entiende, yo no quiero tenderme.
MOZO (LA INTERRUMPE) Claro, para tenderse viene al restorán. Pero aquí la gente no viene a tenderse, viene a comer. Si quiere tenderse vaya a otro lado.
AZUCENA Señor, usted no me entiende, yo no quiero tenderme.
MOZO Señora, usted me preguntó si yo la podría tender. Y yo a los clientes no los tiendo.
AZUCENA Yo no sé si los tiende, pero ¡me parece que no los entiende!
MOZO (IRRITADO) ¡Claro que los entiendo! Pero no los tiendo. Lo único que a veces tiendo es la ropa: camisas, medias, pan...
AZUCENA (LO INTERRUMPE) ¡Pan! Justamente, podría ir trayendo pan, por lo menos.
MOZO Señora, yo me refería a pantalones.
AZUCENA ¿Pantalones? ¿Para qué quiero que me traiga pantalones? Si quisiera pantalones no vendría a un restorán, iría a una tienda de ropa. Si vengo acá, es para comer.
MOZO ¿Y por qué no come en lugar de hablar tanto?
AZUCENA ¿Cómo quiere que coma si usted no me trae nada, ni siquiera me muestra las entradas?
MOZO Señora, usted de entrada tomó las cosas mal.
AZUCENA ¿Qué voy a tomar mal si no me trajo nada para tomar? Ni agua me trajo...
MOZO Si usted me pide que la tienda yo no sé qué traerle.
AZUCENA Señor, por favor, entienda: no le pido que me tienda, ¡sino que me atienda!
MOZO ¿Y por qué no empezó por ahí? Si usted no es clara yo no la puedo atender.
AZUCENA ¡Señor, sepa que yo no soy Clara! Nunca fui Clara ni lo voy a ser. A mí me llamaron siempre Azucena.
MOZO ¿A mi cena? ¿Quién la llamó a mi cena?
AZUCENA ¿A su cena? Nadie me llamó a su cena.
MOZO Pero, ¿en qué quedamos? ¿No acaba de decir que siempre la llamaron Azucena?
AZUCENA ¿Y a la cena de quién quiere que me llamen? Señor, ¿por qué no la termina con esta escena y se ocupa de mi cena?
MOZO Señora, no la entiendo. Usted dijo que la llamaron a mi cena, y acá la que viene a cenar es usted, no yo. Yo estoy trabajando de mozo.
AZUCENA Sí, de mozo... demos o... demos o... otra oportunidad a esta situación. Mire, ¿por qué no me trae algo para comer?
MOZO Cómo no. ¿Le gustaría como entrada probar unos tomates rellenos?
AZUCENA Podría ser. ¿Están buenos?
MOZO Claro, son tomates de quinta.
AZUCENA ¡Tomates de quinta! ¡Lo único que faltaba! ¡Y lo dice tan campante! Señor, sepa que si vengo a un restorán es para que me sirvan comida de primera, no de quinta.
MOZO Pero, señora, justamente, son tomates de quinta, excelentes...
AZUCENA (SE LEVANTA Y SE ACERCA A LA PUERTA) ¡Quédese con su entrada, que yo prefiero la salida! ¡Mal educado! ¡Vaya a ofrecer sus tomates a otro lado!
(TELÓN)
Fuente: http://pacomova.eresmas.net/paginas/teatro/de_azucena_la_cena.htm
Personajes:
Azucena
Mozo
( LA ESCENA TIENE LUGAR EN UN RESTORÁN ELEGANTE. ENTRA AZUCENA, MUJER MUY BIEN VESTIDA Y SE SIENTA A UNA MESA. EN CUANTO SE ACERCA EL MOZO, SE LEVANTA UN INSTANTE, LO TOMA DEL BRAZO Y LO CONDUCE HACIA SU MESA.)
AZUCENA (HABLA RÁPIDO.) Buenas noches, señor. Por favor, ¿me podría atender enseguida? Estoy apurada.
MOZO ¿Qué dice, si la podría tender? ¿Dónde quiere que la tienda?
AZUCENA Disculpe, dije si me podría atender.
MOZO Sí, ya escuché, me preguntó si la podría tender. Esto es un restorán, no es un lugar para que la gente se tienda. Si se quiere tender vaya a tenderse a un sillón, a un sofá o a una plaza.
AZUCENA ¿A una plaza? ¿Para qué?
MOZO Para tenderse en un banco, si quiere. AZUCENA Yo a los bancos voy a pagar las cuentas, no a atenderme. Para atenderme voy a...
MOZO (LA INTERRUMPE) Claro, para tenderse viene al restorán. Pero aquí la gente no viene a tenderse, viene a comer. Si quiere tenderse vaya a otro lado.
AZUCENA Señor, usted no me entiende, yo no quiero tenderme.
MOZO (LA INTERRUMPE) Claro, para tenderse viene al restorán. Pero aquí la gente no viene a tenderse, viene a comer. Si quiere tenderse vaya a otro lado.
AZUCENA Señor, usted no me entiende, yo no quiero tenderme.
MOZO Señora, usted me preguntó si yo la podría tender. Y yo a los clientes no los tiendo.
AZUCENA Yo no sé si los tiende, pero ¡me parece que no los entiende!
MOZO (IRRITADO) ¡Claro que los entiendo! Pero no los tiendo. Lo único que a veces tiendo es la ropa: camisas, medias, pan...
AZUCENA (LO INTERRUMPE) ¡Pan! Justamente, podría ir trayendo pan, por lo menos.
MOZO Señora, yo me refería a pantalones.
AZUCENA ¿Pantalones? ¿Para qué quiero que me traiga pantalones? Si quisiera pantalones no vendría a un restorán, iría a una tienda de ropa. Si vengo acá, es para comer.
MOZO ¿Y por qué no come en lugar de hablar tanto?
AZUCENA ¿Cómo quiere que coma si usted no me trae nada, ni siquiera me muestra las entradas?
MOZO Señora, usted de entrada tomó las cosas mal.
AZUCENA ¿Qué voy a tomar mal si no me trajo nada para tomar? Ni agua me trajo...
MOZO Si usted me pide que la tienda yo no sé qué traerle.
AZUCENA Señor, por favor, entienda: no le pido que me tienda, ¡sino que me atienda!
MOZO ¿Y por qué no empezó por ahí? Si usted no es clara yo no la puedo atender.
AZUCENA ¡Señor, sepa que yo no soy Clara! Nunca fui Clara ni lo voy a ser. A mí me llamaron siempre Azucena.
MOZO ¿A mi cena? ¿Quién la llamó a mi cena?
AZUCENA ¿A su cena? Nadie me llamó a su cena.
MOZO Pero, ¿en qué quedamos? ¿No acaba de decir que siempre la llamaron Azucena?
AZUCENA ¿Y a la cena de quién quiere que me llamen? Señor, ¿por qué no la termina con esta escena y se ocupa de mi cena?
MOZO Señora, no la entiendo. Usted dijo que la llamaron a mi cena, y acá la que viene a cenar es usted, no yo. Yo estoy trabajando de mozo.
AZUCENA Sí, de mozo... demos o... demos o... otra oportunidad a esta situación. Mire, ¿por qué no me trae algo para comer?
MOZO Cómo no. ¿Le gustaría como entrada probar unos tomates rellenos?
AZUCENA Podría ser. ¿Están buenos?
MOZO Claro, son tomates de quinta.
AZUCENA ¡Tomates de quinta! ¡Lo único que faltaba! ¡Y lo dice tan campante! Señor, sepa que si vengo a un restorán es para que me sirvan comida de primera, no de quinta.
MOZO Pero, señora, justamente, son tomates de quinta, excelentes...
AZUCENA (SE LEVANTA Y SE ACERCA A LA PUERTA) ¡Quédese con su entrada, que yo prefiero la salida! ¡Mal educado! ¡Vaya a ofrecer sus tomates a otro lado!
(TELÓN)
Fuente: http://pacomova.eresmas.net/paginas/teatro/de_azucena_la_cena.htm
La Bella durmiente también ronca
Autora: Patricia Suárez
PRÍNCIPE: Perdón, señora.
FAUNA: Señorita.
PRÍNCIPE: No, no. Yo soy un Príncipe.
FAUNA: ¿Alguien le preguntó algo?
PRÍNCIPE: No, disculpe, es que yo...
FAUNA: Ni siquiera por la edad le permito que me diga señora.
PRÍNCIPE: No, si la edad no se le nota.
FAUNA: Uso una pócima antiedad de uso nocturno. Es efectiva.
PRÍNCIPE: Es que en la oscuridad yo no veo casi nada, por eso le digo. Si era usted una señora o un elefante patito me da lo mismo.
FAUNA: Qué galante, joven.
PRÍNCIPE: Su Majestad, dígame mejor.
FAUNA: No, yo no le digo nada. Después que me llamó elefante patito yo no le digo ni hola.
PRÍNCIPE: Es que estoy muy confundido, esta oscuridad...
FAUNA: ¡Qué fácil que es echarle a la oscuridad la culpa de todo!
PRÍNCIPE: Ando en busca de la Bella... ¿cómo era? (Se mira la palma de la mano.) Es que me lo anoté acá y no leo... ¿No tendrá un fósforo para alumbrarme?
FAUNA: No fumo, joven.
PRÍNCIPE: Su Majestad tiene que decirme. O Príncipe.
FAUNA: No, si ya le dije que yo decir a usted no le digo nada. (Fauna ve a Flora.) ¡Querida, querida! (Al Príncipe.) Ahí está mi hermana. ¿Por qué no le pregunta a ella? ¡Flora, preciosa! No oye bien, la pobre. Ayúdeme a llamarla.
PRÍNCIPE: ¿Yo?
FAUNA: No, el elefante patito.
PRÍNCIPE: Ah.
FAUNA: Vamos, no sea flojo, grite Flora. A la una, a las dos, a las tres: (gritan) ¡Flora!
FlORA: Sí. Parece que me llaman. Oh, dioses del Cielo, que me interrogáis, aquí está vuestra fiel súbdita...
FAUNA: Aquí, aquí, Flora. No somos los dioses del Cielo.
FLORA: (Ajustándose las gafas.) ¿Ah, no? Ah... sois vosotros, duendes del subsuelo...
FAUNA: Esas gafas ya no te sirven; tenés que ir al oculista a que te recete unas nuevas, Flora. (Larga pausa) Flora. ¡ Flora! ¿Podés atenderme y dejar de hablarle al aire?
FLORA: ¿Sois los espíritus aéreos acaso quienes...?
FAUNA: (Al Príncipe.) Cuando se pone así, le juro... Hágame un favor, querido. Vaya y háblele usted a ver si le hace caso.
PRÍNCIPE: ¿A mí?
FAUNA: ¡No, al elefante patito!
PRÍNCIPE: Señora Flora, acá su hermana...
FAUNA: ¡Señorita, llámela!
PRÍNCIPE: Señorita Flora, acá su hermana la señorita... uf, la señorita... ¿cómo se llama usted?
FAUNA: Fauna.
PRÍNCIPE: Fauna...
FLORA: (Al aire, desconcertada.) ¿Sí, Fauna?
FAUNA: ¡Al fin, querida! Hace como una hora que te estoy hablando. Necesito que me digas bien la dirección de la Clínica de Varitas Mágicas porque ésta que tengo ¿ves? (La sacude.), no anda nada bien.
(De pronto, un grillo se transforma en mayordomo y se inclina reverente.)
GRILLO: A su servicio, venerable hada...
FAUNA: ¡Pero qué hice!
GRILLO: Anciana venerable...
FAUNA: ¡Pero si uso una pócima antiarrugas! ¡Qué mala costumbre tienen estos bichos de llamarme vieja! ¡Ahora lo electrocuto a éste!
(Fauna sacude la varita con frenesí; una araña se convierte en una directora de colegio.)
ARAÑA: ¡Formen fila, vamos, formen fila! Insecto Gómez escupa el chicle. Tomen distancia. Insecto Moreno deje de hablar con el compañero. ¡Al frente, a la red! ¿Qué hay de gracioso Insecto Cavalcanti que habla con Insecto María Luisa? ¿Por qué no nos lo cuenta así nos reímos todos?
FAUNA: ¡Hoy no pego una!
ARAÑA: (Mirando en torno.) ¿Dónde...? Oh... (A Fauna.) Abuelita... ¿puede indicarme adonde estoy...?
FAUNA: Te hablan, Flora.
ARAÑA: No, a usted, abuelita. ¿Me podría decir...?
FAUNA: (Frenética.) ¡Yo no soy su abuelita! ¡Yo no soy la abuelita de nadie! ¡Uso una pócima nocturna antiarrugas!
ARAÑA: ¡Un grillo! ¿Qué hace acá, Robertino Menéndez?
GRILLO: ¿Me-me ha-ha-habla a mí, se-señorita Directora?
ARAÑA: ¿Qué le pasa? ¿Está de franco? Yo no le di franco a ningún preceptor, así que me gustaría que me explique qué cosa hace un grillo...
GRILLO: Yo... yopo... yo justo... justotopo...
ARAÑA: ¡Un grillo excita mis colmillos!
(La Araña comienza a perseguir al Grillo a las corridas. Salen de escena.)
FAUNA: Flora, acá el joven pregunta dónde está Bella.
FLORA: (Siempre distraída.) ¿Dónde está quién?
FAUNA: ¿En qué dormitorio está echada Bella, pregunta el joven?
PRÍNCIPE: Su Majestad.
FLORA: Gracias, qué amable. Pero yo soy hada rasa nomás.
PRÍNCIPE: Yo soy Su Majestad.
FLORA: Ay, qué lindo cumplido. Pero no, mío usted no es nada.
PRÍNCIPE: Pasa que yo vengo en misión oficial, en busca de esposa. Y justo me dijeron que la Bella Durmiente estaba aquí esperando al príncipe que la despertara con un beso... y como a mí lo de los besos se me da muy bien... Tuve una experiencia con Blancanieves que...
FAUNA: (Capciosa.) No la conocemos.
FLORA: No. No la conocemos.
PRÍNCIPE: Y entonces en cuanto Bella despertara, nos casaríamos, y seríamos felices y comeríamos perdices.
FAUNA: ¡Qué muchacho más seguro de sí mismo!
PRÍNCIPE: Su...
FLORA: Ay, perdices, perdices, cómo me gustan. ¿Las trajo a las perdices?
PRÍNCIPE: Sí, las dejé en el carruaje.
FLORA: ¡Hace tanto que no como una en escabeche! ¿No tiene alguna perdiz enfrascada?
PRÍNCIPE: No sé, creo... Después le mando una, si usted quiere. Pero mientras tanto, ¿no me podría indicar en dónde duerme la Bella?
FLORA: (Mística.) Tiene que seguir el sonido... ¿Oye?
PRÍNCIPE: ¿Qué?
FLORA: El sonido...
PRÍNCIPE: ¿El sonido del amor?
FAUNA: Es un decir...
FLORA: Qué rico chico, ¿no? Sí, digamos que es el sonido del amor, sí.
PRÍNCIPE: (Esforzándose.) Sí, algo oigo... ¿Es como un latido?
FLORA: Un tamborcito...
FAUNA: ¡Un timbalazo!
PRÍNCIPE: ¿Tocaba la batería cuando estaba despierta, la Bella?
FAUNA: La toca dormida.
PRÍNCIPE: (Asombrado.) ¿Es percusionista?
FLORA: Roncadora.
PRÍNCIPE: ¿Roncadora?
FLORA: Un instrumento nuevo...
PRÍNCIPE: Qué raro. Nunca oí hablar de él.
FLORA: Pase por allí querido mi majestad...
(El Príncipe entra a un dormitorio, en el centro hay una cama en la que duerme y ronca la Bella. Se acerca a ella en puntas de pie y la besa. La Bella se da vuelta y sigue durmiendo y roncando para el otro lado. El Príncipe se acomoda en un costado y repite el beso. La Bella no se inmuta, se tapa la cara con la sábana. El Príncipe la destapa, la besa. La Bella, siempre dormida, se tapa la cara con la almohada. El Príncipe y la Bella forcejean con la almohada. Finalmente, el Príncipe logra quitársela y la besa. La Bella despierta y grita.)
BELLA DURMIENTE: ¡Pero será posible que ya no se pueda dormir tranquila en esta casa!
PRÍNCIPE: Lamento interrumpir su real sueño... Vengo desde un reino lejano, soy hijo del Rey Perico de las Alcachofas Verdes y vengo en busca del amor...
BELLA DURMIENTE: ¿De qué? No sé... Creo que lo dejé arriba de la cómoda.
PRÍNCIPE: He venido a pedirte que te cases conmigo.
BELLA DURMIENTE: ¡Guardaespaldas! ¡Guardaespaldas! ¿Cómo es posible que siempre dejen entrar a estos sinvergüenzas a mi Palacio?
PRÍNCIPE: He venido a ti, Bella, debido a tu gran fama como hilandera y tejedora. Vivo en en un Reino donde es invierno todo el año, y necesitamos una reina que nos teja bufandas, pulóveres, mantas, manoplas, y escarpines.
BELLA DURMIENTE: ¿Tejer?
PRÍNCIPE: Es fama que tejes en punto santa clara, arroz, jacquot, con dos agujas y crochet.
BELLA DURMIENTE: ¡Guardaespaldas!
PRÍNCIPE: Bella... abajo nos esperan las perdices.
BELLA DURMIENTE: ¿Qué? ¿Quieren una bufanda de lana, también?
PRÍNCIPE: Quieren que seamos felices.
BELLA DURMIENTE: Mira, Príncipe, a mí me importa muy poco lo que deseen tus perdices.
PRÍNCIPE: ¿Por qué? Sólo anhelan nuestra felicidad. Lo mismo que mi reino. Allá todos los pastores han esquilado sus rebaños y amontonado kilos y kilos de lana para tus tejidos...
BELLA DURMIENTE: Príncipe, me has confundido con Cenicienta. Ella es la que hace todo el trabajo de la casa.
PRÍNCIPE: ¿Con quién?
BELLA DURMIENTE: Cenicienta.
PRÍNCIPE: A mí me dijo Blancanieves...
BELLA DURMIENTE: Es que la gente siempre indica mal... Además no hay que fiarse de Blancanieves. A ella desde que le pasó lo de la manzana le quedó muy mal sabor de boca.
PRÍNCIPE: ¡Ni que lo digas! ¡Yo la besé!
BELLA DURMIENTE: (Celosa.) ¡Has besado a Blancanieves también! ¡No tienes dignidad! ¡Fuera de mi vista! ¡Tú no eres un Príncipe! ¡Eres una sopapa! ¡Fuera, fuera! ¡Guardaespaldas!
PRÍNCIPE: Bella Durmiente, no me eches... Tú eres...
BELLA DURMIENTE: ¡A volar!
PRÍNCIPE: ¿Qué haré con las perdices?
BELLA DURMIENTE: ¡Fuera de mi vista ya mismo!
PRÍNCIPE: Dime al menos cómo encontrar a Cenicienta.
BELLA DURMIENTE: ¡Vete!
PRÍNCIPE: ¡Bella! ¡Bella!
(Entra una Perdiz Enfrascada. Toma al Príncipe del brazo y lo saca del dormitorio.)
PERDIZ: Príncipe mío, no pierdas la dignidad. No le ruegues a esta engreída. Nosotras te ayudaremos a encontrar a Cenicienta.
PRÍNCIPE: ¿Y cómo harán para hallar a Cenicienta?
PERDIZ: Bueno, nosotras tenemos el sentido de orientación de las aves migratorias.
PRÍNCIPE: Si las perdices no migran...
PERDIZ: Antes no migrábamos. Pero ahora gracias a la empresa de enlatados "Qué sabor, mamita" viajamos por los supermercados de todo el mundo...
PRÍNCIPE: Es que yo...
PERDIZ: Vamos, Príncipe, vamos.
(Salen ambos. Apagón.)
Fuente: http://www.imaginaria.com.ar/15/1/suarez.htm
La Bella Durmiente también ronca
Personajes:- Príncipe
- Las hadas Fauna y Flora
- La Bella Durmiente
- Un Grillo
- Una Araña
- Una Perdiz Enfrascada
PRÍNCIPE: Perdón, señora.
FAUNA: Señorita.
PRÍNCIPE: No, no. Yo soy un Príncipe.
FAUNA: ¿Alguien le preguntó algo?
PRÍNCIPE: No, disculpe, es que yo...
FAUNA: Ni siquiera por la edad le permito que me diga señora.
PRÍNCIPE: No, si la edad no se le nota.
FAUNA: Uso una pócima antiedad de uso nocturno. Es efectiva.
PRÍNCIPE: Es que en la oscuridad yo no veo casi nada, por eso le digo. Si era usted una señora o un elefante patito me da lo mismo.
FAUNA: Qué galante, joven.
PRÍNCIPE: Su Majestad, dígame mejor.
FAUNA: No, yo no le digo nada. Después que me llamó elefante patito yo no le digo ni hola.
PRÍNCIPE: Es que estoy muy confundido, esta oscuridad...
FAUNA: ¡Qué fácil que es echarle a la oscuridad la culpa de todo!
PRÍNCIPE: Ando en busca de la Bella... ¿cómo era? (Se mira la palma de la mano.) Es que me lo anoté acá y no leo... ¿No tendrá un fósforo para alumbrarme?
FAUNA: No fumo, joven.
PRÍNCIPE: Su Majestad tiene que decirme. O Príncipe.
FAUNA: No, si ya le dije que yo decir a usted no le digo nada. (Fauna ve a Flora.) ¡Querida, querida! (Al Príncipe.) Ahí está mi hermana. ¿Por qué no le pregunta a ella? ¡Flora, preciosa! No oye bien, la pobre. Ayúdeme a llamarla.
PRÍNCIPE: ¿Yo?
FAUNA: No, el elefante patito.
PRÍNCIPE: Ah.
FAUNA: Vamos, no sea flojo, grite Flora. A la una, a las dos, a las tres: (gritan) ¡Flora!
FlORA: Sí. Parece que me llaman. Oh, dioses del Cielo, que me interrogáis, aquí está vuestra fiel súbdita...
FAUNA: Aquí, aquí, Flora. No somos los dioses del Cielo.
FLORA: (Ajustándose las gafas.) ¿Ah, no? Ah... sois vosotros, duendes del subsuelo...
FAUNA: Esas gafas ya no te sirven; tenés que ir al oculista a que te recete unas nuevas, Flora. (Larga pausa) Flora. ¡ Flora! ¿Podés atenderme y dejar de hablarle al aire?
FLORA: ¿Sois los espíritus aéreos acaso quienes...?
FAUNA: (Al Príncipe.) Cuando se pone así, le juro... Hágame un favor, querido. Vaya y háblele usted a ver si le hace caso.
PRÍNCIPE: ¿A mí?
FAUNA: ¡No, al elefante patito!
PRÍNCIPE: Señora Flora, acá su hermana...
FAUNA: ¡Señorita, llámela!
PRÍNCIPE: Señorita Flora, acá su hermana la señorita... uf, la señorita... ¿cómo se llama usted?
FAUNA: Fauna.
PRÍNCIPE: Fauna...
FLORA: (Al aire, desconcertada.) ¿Sí, Fauna?
FAUNA: ¡Al fin, querida! Hace como una hora que te estoy hablando. Necesito que me digas bien la dirección de la Clínica de Varitas Mágicas porque ésta que tengo ¿ves? (La sacude.), no anda nada bien.
(De pronto, un grillo se transforma en mayordomo y se inclina reverente.)
GRILLO: A su servicio, venerable hada...
FAUNA: ¡Pero qué hice!
GRILLO: Anciana venerable...
FAUNA: ¡Pero si uso una pócima antiarrugas! ¡Qué mala costumbre tienen estos bichos de llamarme vieja! ¡Ahora lo electrocuto a éste!
(Fauna sacude la varita con frenesí; una araña se convierte en una directora de colegio.)
ARAÑA: ¡Formen fila, vamos, formen fila! Insecto Gómez escupa el chicle. Tomen distancia. Insecto Moreno deje de hablar con el compañero. ¡Al frente, a la red! ¿Qué hay de gracioso Insecto Cavalcanti que habla con Insecto María Luisa? ¿Por qué no nos lo cuenta así nos reímos todos?
FAUNA: ¡Hoy no pego una!
ARAÑA: (Mirando en torno.) ¿Dónde...? Oh... (A Fauna.) Abuelita... ¿puede indicarme adonde estoy...?
FAUNA: Te hablan, Flora.
ARAÑA: No, a usted, abuelita. ¿Me podría decir...?
FAUNA: (Frenética.) ¡Yo no soy su abuelita! ¡Yo no soy la abuelita de nadie! ¡Uso una pócima nocturna antiarrugas!
ARAÑA: ¡Un grillo! ¿Qué hace acá, Robertino Menéndez?
GRILLO: ¿Me-me ha-ha-habla a mí, se-señorita Directora?
ARAÑA: ¿Qué le pasa? ¿Está de franco? Yo no le di franco a ningún preceptor, así que me gustaría que me explique qué cosa hace un grillo...
GRILLO: Yo... yopo... yo justo... justotopo...
ARAÑA: ¡Un grillo excita mis colmillos!
(La Araña comienza a perseguir al Grillo a las corridas. Salen de escena.)
FAUNA: Flora, acá el joven pregunta dónde está Bella.
FLORA: (Siempre distraída.) ¿Dónde está quién?
FAUNA: ¿En qué dormitorio está echada Bella, pregunta el joven?
PRÍNCIPE: Su Majestad.
FLORA: Gracias, qué amable. Pero yo soy hada rasa nomás.
PRÍNCIPE: Yo soy Su Majestad.
FLORA: Ay, qué lindo cumplido. Pero no, mío usted no es nada.
PRÍNCIPE: Pasa que yo vengo en misión oficial, en busca de esposa. Y justo me dijeron que la Bella Durmiente estaba aquí esperando al príncipe que la despertara con un beso... y como a mí lo de los besos se me da muy bien... Tuve una experiencia con Blancanieves que...
FAUNA: (Capciosa.) No la conocemos.
FLORA: No. No la conocemos.
PRÍNCIPE: Y entonces en cuanto Bella despertara, nos casaríamos, y seríamos felices y comeríamos perdices.
FAUNA: ¡Qué muchacho más seguro de sí mismo!
PRÍNCIPE: Su...
FLORA: Ay, perdices, perdices, cómo me gustan. ¿Las trajo a las perdices?
PRÍNCIPE: Sí, las dejé en el carruaje.
FLORA: ¡Hace tanto que no como una en escabeche! ¿No tiene alguna perdiz enfrascada?
PRÍNCIPE: No sé, creo... Después le mando una, si usted quiere. Pero mientras tanto, ¿no me podría indicar en dónde duerme la Bella?
FLORA: (Mística.) Tiene que seguir el sonido... ¿Oye?
PRÍNCIPE: ¿Qué?
FLORA: El sonido...
PRÍNCIPE: ¿El sonido del amor?
FAUNA: Es un decir...
FLORA: Qué rico chico, ¿no? Sí, digamos que es el sonido del amor, sí.
PRÍNCIPE: (Esforzándose.) Sí, algo oigo... ¿Es como un latido?
FLORA: Un tamborcito...
FAUNA: ¡Un timbalazo!
PRÍNCIPE: ¿Tocaba la batería cuando estaba despierta, la Bella?
FAUNA: La toca dormida.
PRÍNCIPE: (Asombrado.) ¿Es percusionista?
FLORA: Roncadora.
PRÍNCIPE: ¿Roncadora?
FLORA: Un instrumento nuevo...
PRÍNCIPE: Qué raro. Nunca oí hablar de él.
FLORA: Pase por allí querido mi majestad...
(El Príncipe entra a un dormitorio, en el centro hay una cama en la que duerme y ronca la Bella. Se acerca a ella en puntas de pie y la besa. La Bella se da vuelta y sigue durmiendo y roncando para el otro lado. El Príncipe se acomoda en un costado y repite el beso. La Bella no se inmuta, se tapa la cara con la sábana. El Príncipe la destapa, la besa. La Bella, siempre dormida, se tapa la cara con la almohada. El Príncipe y la Bella forcejean con la almohada. Finalmente, el Príncipe logra quitársela y la besa. La Bella despierta y grita.)
BELLA DURMIENTE: ¡Pero será posible que ya no se pueda dormir tranquila en esta casa!
PRÍNCIPE: Lamento interrumpir su real sueño... Vengo desde un reino lejano, soy hijo del Rey Perico de las Alcachofas Verdes y vengo en busca del amor...
BELLA DURMIENTE: ¿De qué? No sé... Creo que lo dejé arriba de la cómoda.
PRÍNCIPE: He venido a pedirte que te cases conmigo.
BELLA DURMIENTE: ¡Guardaespaldas! ¡Guardaespaldas! ¿Cómo es posible que siempre dejen entrar a estos sinvergüenzas a mi Palacio?
PRÍNCIPE: He venido a ti, Bella, debido a tu gran fama como hilandera y tejedora. Vivo en en un Reino donde es invierno todo el año, y necesitamos una reina que nos teja bufandas, pulóveres, mantas, manoplas, y escarpines.
BELLA DURMIENTE: ¿Tejer?
PRÍNCIPE: Es fama que tejes en punto santa clara, arroz, jacquot, con dos agujas y crochet.
BELLA DURMIENTE: ¡Guardaespaldas!
PRÍNCIPE: Bella... abajo nos esperan las perdices.
BELLA DURMIENTE: ¿Qué? ¿Quieren una bufanda de lana, también?
PRÍNCIPE: Quieren que seamos felices.
BELLA DURMIENTE: Mira, Príncipe, a mí me importa muy poco lo que deseen tus perdices.
PRÍNCIPE: ¿Por qué? Sólo anhelan nuestra felicidad. Lo mismo que mi reino. Allá todos los pastores han esquilado sus rebaños y amontonado kilos y kilos de lana para tus tejidos...
BELLA DURMIENTE: Príncipe, me has confundido con Cenicienta. Ella es la que hace todo el trabajo de la casa.
PRÍNCIPE: ¿Con quién?
BELLA DURMIENTE: Cenicienta.
PRÍNCIPE: A mí me dijo Blancanieves...
BELLA DURMIENTE: Es que la gente siempre indica mal... Además no hay que fiarse de Blancanieves. A ella desde que le pasó lo de la manzana le quedó muy mal sabor de boca.
PRÍNCIPE: ¡Ni que lo digas! ¡Yo la besé!
BELLA DURMIENTE: (Celosa.) ¡Has besado a Blancanieves también! ¡No tienes dignidad! ¡Fuera de mi vista! ¡Tú no eres un Príncipe! ¡Eres una sopapa! ¡Fuera, fuera! ¡Guardaespaldas!
PRÍNCIPE: Bella Durmiente, no me eches... Tú eres...
BELLA DURMIENTE: ¡A volar!
PRÍNCIPE: ¿Qué haré con las perdices?
BELLA DURMIENTE: ¡Fuera de mi vista ya mismo!
PRÍNCIPE: Dime al menos cómo encontrar a Cenicienta.
BELLA DURMIENTE: ¡Vete!
PRÍNCIPE: ¡Bella! ¡Bella!
(Entra una Perdiz Enfrascada. Toma al Príncipe del brazo y lo saca del dormitorio.)
PERDIZ: Príncipe mío, no pierdas la dignidad. No le ruegues a esta engreída. Nosotras te ayudaremos a encontrar a Cenicienta.
PRÍNCIPE: ¿Y cómo harán para hallar a Cenicienta?
PERDIZ: Bueno, nosotras tenemos el sentido de orientación de las aves migratorias.
PRÍNCIPE: Si las perdices no migran...
PERDIZ: Antes no migrábamos. Pero ahora gracias a la empresa de enlatados "Qué sabor, mamita" viajamos por los supermercados de todo el mundo...
PRÍNCIPE: Es que yo...
PERDIZ: Vamos, Príncipe, vamos.
(Salen ambos. Apagón.)
Fuente: http://www.imaginaria.com.ar/15/1/suarez.htm
Caperucita Lola
Autor: Patricia Suárez
Caperucita Lola
(Caperucita Lola camina por el bosque revoleando la canastita.)CAPERUCITA LOLA: Me dijeron que por acá podía salirme al paso un Lobo Feroz. Brrr... qué miedo me da el Lobo Feroz. Me dijeron que tenga cuidado con... los cardos, porque a veces el Lobo se oculta entre las plantas de cardos. (Caperucita revisa entre las plantas. Con desilusión.) No hay nada...También el Lobo puede estar encima de la copa de un árbol, oculto por su follaje y listo para lanzarse sobre una criatura inocente como yo y devorarla de un bocado. (Caperucita trepa un árbol. Desde arriba.) Hola, Hooola... (Baja.) Nada. (Sigue andando.) A lo mejor ahora el Lobo Feroz se dedica a comer ovejas. ¡Me revienta cuando los lobos atacan a las ovejas y dejan de comerse a los niños! ¡Me paspa! Capaz que ahora come hasta gallinas... ¡No hay nada más cobarde que un lobo que mate gallinas! ¡Los odios, los odio! ¡Los lobos deben comerse niños, niñas, y criaturas inocentes!
(De pronto aparece un Monstruo Peludo. Caperucita lo ve y grita de gusto y susto.)
CAPERUCITA LOLA: ¡Ahhhhhhh! ¡El Lobo Feroz!
MONSTRUO PELUDO: (Asustado.) ¿Quién? ¿Adónde?
CAPERUCITA LOLA: (Sobreactuando.) ¡No me mate, Lobo Feroz!
MONSTRUO PELUDO: (Mirando a todos los costados; luego se arrodilla suplicante.) ¡No nos mate, Lobo Feroz!
CAPERUCITA LOLA: ¡Soy una criatura inocente!
MONSTRUO PELUDO: ¡Yo también! ¡Yo soy casi casi una criatura inocente!
CAPERUCITA LOLA: ¿Qué estás diciendo?
MONSTRUO PELUDO: Una vez... una vez me comí una oruga... pero fue sin querer... Yo estaba justo desayunando un girasol, que es mi flor preferida, y ahí dentro, escondida estaba una pequeña oruguita. ¡Yo no la ví y me la tragué, pobrecita! (Solloza.) ¡Pobre, pobre pequeña oruguita!
CAPERUCITA LOLA: ¿De qué hablas? ¿Qué dices? Ahora es cuando debes tirarte encima mío y destriparme...
MONSTRUO PELUDO: ¿Yo? ¿Y por qué?
CAPERUCITA LOLA: Porque sos un Lobo Feroz.
MONSTRUO PELUDO: No, yo no soy un Lobo Feroz.
CAPERUCITA LOLA: Sos un Lobo Feroz.
MONSTRUO PELUDO: No. Soy un Monstruo.
CAPERUCITA LOLA: No. Sos un Lobo Feroz.
MONSTRUO PELUDO: Soy un Monstruo.
CAPERUCITA LOLA: Yo soy Caperucita Lola.
MONSTRUO PELUDO: Yo soy un Monstruo.
CAPERUCITA LOLA: (Sin poder creerlo.) Un Monstruo...
MONSTRUO PELUDO: (Le tiende la mano para estrechársela.) Monstruo Peludo, mucho gusto.
CAPERUCITA LOLA: (Le estrecha la mano, se la sacude, revolea al Monstruo por el aire, muy enojada.) ¿Por qué me tienen que pasar a mí estas cosas? ¿Por qué no se me aparece un lobo como debe ser y me engulle? ¡A mí, la Criatura Inocente del Bosque! ¿Por qué se me tiene que cruzar este... este... ¡este mequetrefe!? ¡Este papanatas!, ¡este cabeza de chorlito!
MONSTRUO PELUDO: Es que justo pasaba por acá porque tengo que ir a visitar a mi abuelito.
CAPERUCITA LOLA: ¿A quién?
MONSTRUO PELUDO: A mi abuelito, el Monstruo Pelón.
CAPERUCITA LOLA: (Desolada.) Esto es mucho para mí...
MONSTRUO PELUDO: Mi abuelito vive en una torre en medio del Bosque. Construyó la torre él solito sin ayuda de nadie; es un monstruo muy bueno... En mi familia todos somos muy enrulados, pero él...
CAPERUCITA LOLA (Interrumpe, levemente ilusionada.) ¿Por casualidad se habrá comido alguna Criatura Inocente tu abuelito alguna vez?
MONSTRUO PELUDO: A ver... a ver que hago memoria... (Cuenta con los dedos, llega hasta siete.) No. Nunca.
CAPERUCITA LOLA: ¿Y qué contabas con los dedos?
MONSTRUO PELUDO: ¿Quién? ¿Cuándo? (Pausa.) Voy a la torre de mi abuelito a llevarle un tónico capilar.
CAPERUCITA LOLA: ¿Un qué?
MONSTRUO PELUDO: Son los nervios dice mi padre. Mi abuelito ha estado muy nervioso últimamente y eso contribuyó a que se le cayera el pelo. Es la vecindad. El pobre se fue al Bosque para vivir solo y tranquilo y resulta que tiene de vecina a una vieja horrible que le hace la vida imposible. Todo el día está armada con una escopeta y le apunta por la ventana.
CAPERUCITA LOLA: ¿A tu abuelito?
MONSTRUO PELUDO: No. No exactamente. La vieja horrible le tiene miedo a los lobos. Pero como no hay muchos en el bosque actualmente, le dispara a mi abuelito por entretenimiento...
CAPERUCITA LOLA: ¿Teme a los lobos?
MONSTRUO PELUDO: A los Lobos Feroces, sí. Parece que tuvo una experiencia espantosa una vez... Se casó con un Lobo.
CAPERUCITA LOLA: Eso no es cierto.
MONSTRUO PELUDO: Bueno, como yo soy un monstruo niño, mi abuelito me lo contó así. Sucedió que justo iba la nieta de la vieja asquerosa a visitarla. Era una niña tan fea que llevaba un sombrero rojo, enorme que le tapaba la cara.
CAPERUCITA LOLA: ¡Eso no es cierto!
MONSTRUO PELUDO: ¿Cómo que no? Mi abuelito no miente. El sombrero era enorme y rojo y entonces la gente se distraía mirándole el sombrero y no la cara, que era horrible, llena de granos, con los ojos bizcos y ¡hasta tenía un agujero donde iba la nariz!
CAPERUCITA LOLA: ¡No, no y no!
MONSTRUO PELUDO: Si me vas a interrumpir no te cuento.
CAPERUCITA LOLA: Está bien. Continuá.
MONSTRUO PELUDO: Entra de pronto la niñita inmunda a la casa...
CAPERUCITA LOLA: ¿Podrías no llamarla "niñita inmunda"?
MONSTRUO PELUDO: No cuento más. Adiós, me voy.
CAPERUCITA LOLA: ¡No, vuelve, vuelve! Contáme más.
MONSTRUO PELUDO: No sé...
CAPERUCITA LOLA: Por favor...
MONSTRUO PELUDO: Es que no sé...
CAPERUCITA LOLA: No voy a interrumpir, te lo prometo.
MONSTRUO PELUDO: Está bien. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Sí, la parte de la niñita inmun... en fin. La nietita iba a llevarle a la abuela pólvora fresca, porque la vieja cochambrosa se pasaba pólvora por la cara todas las noches, como si fuera una crema para rejuvenecer. Pero no rejuvenecía nada: se venía más horrible y horrible. Con decir que el L Lobo Feroz se enamoró de ella. Sí: así como lo oís. Locamente. (Caperucita Lola está a punto de estallar de rabia, hace esfuerzos por contenerse.) Y un día, de pronto entró la nietita a la casa y encontró al Lobo Feroz y a la vieja ponzoñosa en la cama... Eso quiere decir que: o estaban muy enamorados o estaban casados...
CAPERUCITA LOLA: ¡Basta! ¡Basta! ¡No aguanto más! ¡Basta!
MONSTRUO PELUDO: Ay, pero qué carácter. Desagradecida.
CAPERUCITA LOLA: ¡No voy a permitirte que hables así de mi abuelita!
MONSTRUO PELUDO: Ah, pero qué familia.
CAPERUCITA LOLA: Ratón gigante, eso es lo que eres: una rata gigante y parlante, andante, asqueante, babeante...
(Entra el Lobo Feroz. Tiene aspecto de joven inteligente, cabello rubio en la cabeza, con flequillo, camisa hawaiana, pantalones pescador, sandalias, anteojos negros. Lleva una heladera de telgopor portátil. Caperucita Lola y el Monstruo Peludo se quedan anonadados mirándolo. Larga pausa.)
LOBO FEROZ: Permiso, permiso...
CAPERUCITA LOLA: ¿Tú..., tú eres el Lobo Feroz?
MONSTRUO PELUDO: (En voz baja.) No te hagas la que no sabés, Caperucita. ¡Si es el novio de tu abuelita!
CAPERUCITA LOLA: ¡Que novio, ni novio! Callate; mirá que sino te arranco los pelos uno por uno.
LOBO FEROZ: Estoy vendiendo Pasteles de Mijo... ¿querrán comprarme uno? Los tengo aderezados con dulce de membrillo, de cascaritas de naranja confitada...
MONSTRUO PELUDO: Ay, qué rico.
CAPERUCITA LOLA: ¿Pasteles de qué?
LOBO FEROZ: Mijo.
CAPERUCITA LOLA: ¿Mijo?
MONSTRUO PELUDO: Mijo.
CAPERUCITA LOLA: ¿Y qué es el mijo?
MONSTRUO PELUDO: El mijo es... Expliquéle usted mejor, señor vendedor.
CAPERUCITA LOLA: ¡No es un vendedor! ¡Es el Lobo Feroz!
LOBO FEROZ: El mijo es un cereal, una planta gramínea originaria de la India, con tallos de seis decímetros de longitud, hojas planas, largas y puntiagudas, y flores en panojas. La semilla es pequeña, redonda, brillante y de color blanco amarillento. Es rico en vitaminas y proteínas y sirve de alimento a los canarios.
MONSTRUO PELUDO: ¿A los canarios?
CAPERUCITA LOLA: Nosotros no somos canarios.
LOBO FEROZ: ¿No?
MONSTRUO PELUDO: No. Yo no soy un canario.
LOBO FEROZ: ¿No eres un canario?
MONSTRUO PELUDO: No. Soy un Monstruo.
LOBO FEROZ: (Se quita los anteojos y se los limpia con un paño; se coloca gafas de ver de lejos.) ¿Un Monstruo?
MONSTRUO PELUDO: Sí, un Monstruo.
LOBO FEROZ: (Tocando el pelaje del Monstruo Peludo.) ¿Estas no son plumas?
MONSTRUO PELUDO: No. Son pelos. Soy un Mons-truo Peludo.
LOBO FEROZ: Monstruo Peludo.
MONSTRUO PELUDO: Eso.
LOBO FEROZ: ¿Y no me comprarán pastelitos de mijo?
LOS DOS: No.
LOBO FEROZ: ¿No?
LOS DOS: No.
LOBO FEROZ: ¿No?
LOS DOS: No.
LOBO FEROZ: Igual no tengo muchos para vender. Porque son los bocaditos de una boda.
LOS DOS: Qué bien.
LOBO FEROZ: Podría dejárselos a ustedes a buen precio.
LOS DOS: No queremos.
LOBO FEROZ: Para que prueben si les gusta y después, si tienen alguna fiesta de cumpleaños, por ejemplo, me pueden llamar a la línea 0-800-PASTELITOSDEMIJODELOBOFER
LOS DOS: Sí.
CAPERUCITA LOLA: Pero no queremos pastelitos de mijo.
MONSTRUO PELUDO: No. No queremos.
LOBO FEROZ: Es una pena. Porque a la boda que voy no los van a comer a todos y seguro me van a sobrar... No lo creerán ustedes pero: ¡los novios no tienen dientes! ¿Saben por qué?
MONSTRUO PELUDO: Son bebés.
CAPERUCITA LOLA: Son dos anguilas.
LOBO FEROZ: ¡Pero no! Pasa que se casan la campeona de tiro al blanco categoría veterana, que es tan viejita que está ya desdentada, con el chicharrón pelado, que nunca tuvo dentadura...
LOS DOS: ¿Quiénes?
LOBO FEROZ: Una gente del bosque. Es increíble cómo surge el amor entre las personas... Ellos mismos me relataron su historia de amor, pero... ¿No se dirigían ustedes por aquel camino?
LOS DOS: Sí.
LOBO FEROZ: Vamos andando, entonces. Así les cuento de este romance. En el Bosque suceden las cosas más insólitas. Resulta que él vivía en una torre, muy aislado, después que se jubiló. Y ella estaba siempre sola, porque la nieta no iba nunca —aquí, entre nosotros lo digo—, una egoísta que no iba nunca y cuando la visitaba, muy de vez en cuando, le llevaba de regalo tortas preparadas con sustancias nocivas para la salud. Yno tenía en cuenta que la viejecita amorosa era naturista...
CAPERUCITA LOLA: No puedo creerlo...
LOBO FEROZ: Sí, sí. El amor es una cosa de no creer. Verán: ella entonces decidió atrapar pajaritos para tenerlos de mascota en su casa, les disparaba balas de salva, claro. Y un día una bala pega en el alero de la torre de él. Él va, se queja, ella se opone a ese amor, él se resiste, luchan en vano contra ese sentimiento, pero luego él la invita a comer ensalada de alpiste, ella lleva tortilla de alfalfa... Un amor naturista que surgió entre ellos, una pasión indominable... ¡y ahora se casan felices, y comerán hamburguesas de soja! Digo hamburguesas de soja porque es lo que más parecido tiene al sabor de las perdices. (El Lobo Feroz ríe.)
(Caperucita Lola corre al centro de la escena. Se arrodilla y grita.)
CAPERUCITA LOLA: ¡¿Por qué me tienen que pasar estas cosas?! ¡Soy una Criatura Inocente! ¡Yo quiero alguien que me devore! ¡Necesito un devorador! ¡Alguien que me devore, por favor!
(Apagón.)
Fuente: http://www.imaginaria.com.ar/15/1/suarez.htm
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